Como duele
ese poema
que se
abraza a los pliegues del alma
para no
salir.
Como rasga
las entrañas
y desgarra
el corazón
aquellos
versos sentidos
que se
niegan a nacer.
Cuán grande
es
la angustia del poeta
que sufre
en silencio su dolor,
Cruel
batalla que se libra en solitario
en el alma
del vate
queriendo expresar al mundo lo que siente
Y el poema
terco se resiste a ver la luz.
Cuanta
tristeza se junta allí,
en el
instante en que el alma quiere
Y la
palabra no.
¿Qué sórdido
escenario se provee
en esa
lucha titánica
entre el
sentimiento y la palabra?
¿Qué fuerzas
contradictorias
para
abortar el sentimiento
y negar la
vida a la creación?
No duerme,
no descansa, no hay sosiego.
Hay dolor!
No hay
canto, no hay risa, no hay juegos.
Hay desesperación!
No hay
amor, no hay odios, no hay indiferencia.
Hay pudor!
No hay
malicia, no hay inocencia, no hay asombro.
Hay rubor!
Hay
desconcierto, zozobra y caos.
Hay
confusión.
El poeta
cual funámbulo se balancea
En la
cuerda agónica
de un arte
esquivo,
que a veces
se convierte en sierpe
capaz de
morder su mano
matando la
vital pulsión.
Pero… ah!
¡Gloria a
Dios!
En el
momento más oscuro
en que la
gélida garra atenaza el corazón
se inunda
de luz el alma
y la
palabra hace eclosión,
hay un
parto, hay dolor,
cobra vida
la palabra,
hay
creación!
Diógenes Armando Pino Ávila

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